Carta de amor

Posted on Jul 28, 2017

Mi gata negra duerme encima de mi vestido preferido, lo llena de pelos y yo la lleno de besos. Es verano en pleno julio, y la carne de las piernas se me quema un poco. El sol repiquetea sobre mis poros y yo pienso en cuántos cuadernos voy a seguir llenando, antes de recuperarme. El nombre de la tibieza se esconde entre siestas de olor a caramelo y cáscaras de naranja en la casa de mi abuela.

Te lo voy a explicar de nuevo, amor: lo etéreo no es gratis. Esta liviandad, este caminar de plumas y jazmines es el resultado de una lucha feroz contra un vórtice oscuro que a veces me traga entera. No sé si a esta altura es necesario decirte, que hacer el amor con vos es como arreglar la cama con gata juguetona arriba, buscando cada pliegue para morder, y saltarte encima con las pupilas dilatadas.

Y otras veces, no. Sos la metáfora más cruel de lo imposible. Con vos, no hay huellas, ni rastros, ni recuerdos. No tengo casi nada para asirme , lo poco que quedaba se quiere ir volando, como cenizas embestidas por un viento norte que no sabe mucho de nostalgias.

Capricho, canto, río, destellos auténticos que se cuelan en las noches de falso verano como latitas de cerveza en el freezer, la noche del martes. Yo siempre me olvido de contarte que ordené el departamento, que ahora todo está pintado de verde por fuera, que tengo un nuevo canasto para la ropa sucia y mis cortinas ya no están al revés. Y que hay amor y hay amores, mi amor. Como esa enredadera fascinante que fue cortada de cuajo y que ahora sólo está ahí, colgando triste y seca.

En verano, el de verdad, te escribí: “El techo se aprende nuestros gestos de memoria mientras nos dejamos poseer por un letargo mimoso. Último día de mis vacaciones. Las luces cambian de tenues a intensas, a naranjas, a nada. Los bichos sobrevuelan la ventana y es su presencia la que delata que nos pasamos el día entero en la cama, mirándonos.

El camino que construyen nuestros rulos haría sonrojar a cualquier medusa improvisada, mientras desciframos nuevas formas de encontrarnos: la medida justa de la intimidad es una pierna apoyada pesadamente sobre un ombligo ajeno”.

“Me gusta nombrarte”, me dijiste entre sueños, con la pieza todavía en penumbras. Pensé en tu boca llenándose con mi nombre, cómo saborearías cada consonante y abrirías deliciosamente los labios en cada vocal. Por un momento me asaltó un microsentimiento trágico, que tu abrazo disipó.

Vos me preguntarías en qué pienso, y yo te contaría del viento cerca del río, de la intuición, del encuentro imperfecto y de cómo darse cuenta que no estar del todo de acuerdo con los ídolos es saludable. Te diría de la paloma que intenta llevarle quien sabe qué mensaje a Flor, en su cocina y en su habitación de La Fabril, y de cómo me siento tan afilada que un instante con una persona me sintoniza para bien o par mal.

Te hablaría del morbo que invade ciertos juegos y de la inocencia que me generan algunas personas, de su luz. De cómo actualmente una conversación intensa me despierta entera, más que cualquier cuerpo. Te contaría que pienso en vos, en el futuro y en cómo procesar una espera que no es la mía. De cómo me parte en dos.

Te hablaría, contaría, diría, y vos preguntarías. Solamente si todo esto estuviera pasando, mi amor.

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